Capítulo 1

Capítulo 1 – Muerte

Su cuerpo se sentía completamente extenuado. Cada respiración era una lucha, llenando sus alveolos con un aire pesado y sofocante. Las contracciones de sus músculos tenían un costo gradual, una sensación de dolor que, por ahora era tolerable. Escuchaba la melodía disonante y estridente del crujir de sus dientes (¡Shiiik!… ¡Shiiik!…), resultado de la tensión incontrolable de su mandíbula, mientras su corazón la acompañaba tocando el bombo en son de guerra (¡Pum!… ¡Pum!…).

Con manos temblorosas, Gregor sacó un pañuelo de tela y secó el sudor que empapaba su rostro. Luego, extrajo un reloj antiguo de su bolsillo, observando cómo el tiempo se desvanecía en su cuenta regresiva mientras intentaba recuperar el aliento.

31:02… 31:01… 31:00… 30:59… 30:58…

(¡Pum!… ¡Pum!…)

Su mirada recorrió frenéticamente los distintos de aquel cuarto, un lugar tan común en su abandono que parecía replicar a tantos otros ya olvidados. Las paredes, un collage de cemento y ladrillo desmoronado, ofrecían vistas de una ciudad desierta. El techo, plagado de oquedades, permitía que se filtrara la luz de un cielo violentamente pintado de rojo. Y los muebles, desvencijados y cubiertos de una capa gruesa de polvo, revelaban su soledad y desuso. Cada elemento confería a este tipo de habitaciones una atmósfera sombría y melancólica, un lugar tan impregnado de desolación que ni siquiera los fantasmas osaban perturbar su silencio; un silencio compuesto solamente por el susurro lúgubre del viento, el crujido seco de sus botas sobre el suelo, su respiración exacerbada y, de mayor importancia, la consciencia de su propia existencia. Esa facultad misteriosa que emerge de la confluencia de fenómenos que, bajo las condiciones adecuadas, se convierte en un poder capaz de imaginarlo todo. Esa facultad que transmuta en ciclos imperturbables que oscilan entre el amor y el odio, la felicidad y el sufrimiento, la cordura y la demencia, la compasión y el egoísmo, la indiferencia y el interés. Esa facultad que construye mundos a partir de los diminutos fragmentos de percepción captados por la atención, mundos que pueden asemejarse tanto al cielo como al infierno.

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